Cuellos de botella en el puerto de Manzanillo un mes después de la huelga
El 12 de mayo pasado, un grupo de trabajadores del puerto de Manzanillo (México) bloqueó los accesos al recinto portuario para demandar mejores condiciones laborales y el respeto a sus derechos. Conforme avanzaron los días, la movilización se intensificó y, para la tarde del 14 de mayo, los accesos norte y sur del puerto permanecían bloqueados, lo que impidió el flujo de mercancías y camiones vacíos. Como resultado, se suspendieron las operaciones aduanales y la descarga de contenedores, generando filas de camiones, así como retrasos en los despachos.
El paro concluyó en la madrugada del 16 de mayo, tras la intervención de la Secretaría de Marina y la Guardia Nacional. Los trabajadores se retiraron del lugar para evitar confrontaciones, aunque informaron a la opinión pública que mantenían sus denuncias por acoso y abuso laboral y mantendría su causa en otros escenarios y por otras vías.
Más de un mes después, el puerto de Manzanillo continúa en proceso de recuperación, ya que no ha logrado poner al día las operaciones represadas con ocasión de la huelga. El puerto reporta estar movilizando alrededor del 60% de su carga habitual, gracias a la reestructuración de las citas para los camiones y a la ampliación del horario de operación aduanal a 24 horas, medidas que han contribuido a mejorar el flujo de mercancías, aunque aún persisten retrasos en los despachos terrestres. Como la capacidad operativa no ha regresado completamente a niveles normales, la acumulación de contenedores sigue siendo un desafío que afecta la eficiencia general del terminal. Algunos barcos han tenido que desviarse a otros puertos debido a la saturación, lo que naturalmente impacta en el comercio exterior y en los costos logísticos.
El puerto de Manzanillo está ubicado en el estado de Colima, en la costa del Océano Pacífico mexicano. Cuenta con una extensión aproximada de 437 hectáreas, que incluyen zonas de agua, muelles y áreas de almacenamiento, así como 19 posiciones de atraque para diferentes tipos de carga, lo que le permite manejar una amplia variedad de mercancías, desde carga contenerizada hasta hidrocarburos y cruceros. Es el principal puerto comercial de México y, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), se posiciona entre los primeros siete puertos de la región en volumen de carga movilizada. Muchos buques que hacen escala en Manzanillo continúan hacia otros puertos de la región, por lo que cualquier interrupción en sus operaciones afecta las cadenas logísticas y comerciales de países vecinos, entre ellos Colombia. Además, el puerto es un punto estratégico para el comercio con Asia, Estados Unidos, Canadá y países de Europa y Oceanía, consolidándose como un enlace fundamental para el intercambio comercial entre América y el Pacífico.
Lo que sucede con Manzanillo enseña que la recuperación del nivel de servicio de un puerto tras una interrupción no es tarea fácil y, sobre todo, no es rápida. Cualquier suspensión de actividades que se prolongue más de unas horas genera acumulación de carga, vehículos y trámites pendientes que no pueden resolverse de inmediato una vez se reanuden las operaciones. Toda infraestructura portuaria tiene límites físicos y logísticos que impiden procesar de forma simultánea una gran cantidad de carga acumulada. Además, la coordinación entre diferentes actores —autoridades aduaneras, operadores logísticos, transportistas y navieras— se hace todavía más exigente y complicada cuando se debe manejar volúmenes represados.
Lo más relevante es comprender que la congestión se alimenta a sí misma: la saturación de patios y áreas de almacenamiento limita el espacio para maniobrar y procesar la carga, lo que ralentiza la descarga y la liberación de contenedores, generando más atascos. La acumulación de mercancías y la falta de fluidez dentro del puerto afectan también a las rutas terrestres y a los centros de distribución, lo que incrementa la presión sobre toda la cadena de suministro y eleva los costos operativos. Por estas razones, una interrupción de uno o varios días extiende sus efectos durante semanas o meses, ya que es necesario procesar gradualmente la carga acumulada, reprogramar las operaciones y restablecer la capacidad habitual sin comprometer la seguridad ni la calidad del servicio. Este fenómeno de retroalimentación negativa convierte la congestión en uno de los problemas más difíciles de remediar y uno de los que provocan más insatisfacción y quejas por parte de la comunidad.